La fuerza que nadie puede quitarte
Por. iSMAEL CALA
Hay una fortaleza que no se mide por la ausencia de problemas, sino por la manera en que atravesamos las tormentas. No aparece en los momentos de comodidad ni se construye cuando todo sale como esperamos, sino que nace precisamente cuando la vida nos enfrenta a aquello que jamás habríamos elegido.
A quienes hoy siguen recuperándose del susto por los recientes sismos ocurridos en Venezuela, de las pérdidas materiales o de la incertidumbre que deja un fenómeno como este, quiero decirles algo desde el corazón: la fortaleza no consiste en no tener miedo. La fortaleza espiritual aparece precisamente cuando, aun con el miedo presente, decidimos seguir adelante.
Después de un terremoto, es normal que el cuerpo permanezca alerta. Que cualquier ruido parezca una nueva amenaza. Que el descanso se vuelva difícil y que la mente reviva una y otra vez ese instante. No hay debilidad en ello. Es la forma en que nuestro organismo intenta protegernos. Pero llega un momento en el que también debemos permitir que el alma haga su trabajo: recordarnos que somos mucho más que aquello que nos ocurrió.
Ser fuerte no consiste en negar las lágrimas ni en aparentar que nada duele. Al contrario; se es cuando dejamos de luchar contra nuestras emociones y nos permitimos habitarlas con honestidad. Quien acepta su vulnerabilidad deja de desperdiciar energía escondiéndola y empieza a transformarla en sabiduría.
La espiritualidad no elimina las pruebas. Cambia la forma en que las atravesamos.
Es la capacidad de recordar que nuestra identidad no depende de las circunstancias. Que el valor de una persona no disminuye porque un capítulo haya terminado. Que incluso en medio de la incertidumbre existe un lugar interior donde la paz permanece intacta.
Venezuela ha demostrado innumerables veces que sabe levantarse. Su historia está llena de hombres y mujeres que, incluso en los momentos más difíciles, han respondido con solidaridad, generosidad y esperanza. Esa capacidad de tender la mano al vecino, de compartir lo poco que se tiene y de acompañarse mutuamente también es una forma de reconstrucción.
Mi oración está con cada familia afectada, con quienes aún sienten temor y con quienes trabajan incansablemente para ayudar a otros.
Dios es amor, hágase el milagro.
