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Angelita Salado: de una lección de servicio en La Vega a abrir camino para los profesionales dominicanos en Florida

Mucho antes de convertirse en profesional de la salud mental y de ocupar un puesto de responsabilidad en Florida, Angelita aprendió una lección que marcaría su vida: servir comienza por mirar al otro y reconocer lo que necesita.

Tenía alrededor de 15 años y vivía en La Vega cuando conoció a Lina Longo, una maestra cuya vocación humanitaria despertó en ella el deseo de ayudar. A través de la Senda de Santa Teresita, participaba en la preparación y distribución de canastillas para recién nacidos y en otras acciones de servicio.

Aquel contacto con las necesidades de otras personas coincidió con otra experiencia que dejaría una huella profunda. En la familia de Lina conoció a su sobrino Adelikín, una persona con necesidades especiales que, según recuerda, tenía una manera muy particular de expresar afecto: compartir y dar.

“Él era loco conmigo: quería compartirlo todo, y dar era su lenguaje de amor”, recuerda.

De esa relación, Angelita conserva una enseñanza que décadas después sigue presente en su ejercicio profesional: aprender a mirar a las personas más allá de una condición y descubrir también aquello que tienen para ofrecer.

La comunicación como puerta hacia la salud mental

Su vocación no apareció de manera repentina. Fue tomando forma con el paso del tiempo y a través de distintas experiencias y formaciones.

Angelita Salado descubrió que detrás de la comunicación había algo que le interesaba todavía más: escuchar. Comprender lo que una persona estaba viviendo, especialmente cuando atravesaba una situación dolorosa, comenzó a convertirse en una motivación.

Sus tres áreas de formación terminaron encontrándose en ese propósito.

La psicología le permitió comprender la conducta y las emociones; la comunicación le enseñó el valor de las palabras cuando están acompañadas de una escucha genuina, y la consejería en salud mental le proporcionó herramientas para acompañar profesionalmente a las personas durante sus procesos.

Para ella, acompañar también implica acercarse a la realidad del otro.

“Para mí, ayudar también significa ponerme al nivel de la persona: comprender lo que vive desde su realidad, hablarle de una manera cercana y respetar su ritmo”, explica.

Esa mirada se convirtió en uno de los fundamentos de su ejercicio profesional.

De República Dominicana a Puerto Rico y luego a Estados Unidos

Su formación académica comenzó en República Dominicana, donde estudió psicología. Posteriormente continuó su preparación en Puerto Rico, donde estudió comunicación en la Universidad del Sagrado Corazón y realizó una maestría en consejería en la Universidad del Turabo.

Más adelante, en Estados Unidos, obtuvo su licencia como consejera de salud mental y la certificación nacional como terapeuta en Terapia Cognitivo-Conductual Centrada en el Trauma (TF-CBT).

Emigrar significó para ella continuar preparándose y construir una carrera profesional en un entorno diferente, sin desprenderse de las raíces que habían marcado su formación.

Cuando defender el valor profesional también se convierte en una causa

El camino profesional no estuvo libre de obstáculos.

Uno de los principales retos que enfrentó como terapeuta fue conseguir una remuneración acorde con el valor de su preparación y experiencia. En Florida encontró dificultades para alcanzar ese reconocimiento económico, por lo que tomó la decisión de trasladarse a otro estado.

Allí consiguió mejores condiciones de remuneración.

La experiencia le permitió reafirmar una convicción que luego llevó consigo de regreso a Florida: la preparación, la experiencia y la capacidad de atender a comunidades bilingües tienen un valor que debe ser reconocido.

Desde entonces, explica, ha defendido el valor de su trabajo y también procura abrir camino para otros profesionales bilingües.

Su planteamiento trasciende su propia experiencia. Considera que quienes están preparados para atender a personas provenientes de diferentes comunidades deben recibir reconocimiento y una remuneración justa por sus servicios.

Una dominicana en un espacio de decisiones profesionales

Uno de los capítulos más significativos de su trayectoria llegó cuando el gobernador de Florida, Ron DeSantis, la nombró miembro de la Junta de Trabajo Social Clínico, Terapia Matrimonial y Familiar y Consejería de Salud Mental de Florida.

Posteriormente, su nombramiento fue renovado y confirmado por el Senado estatal.

Para Angelita, el significado fue doble: representaba un reconocimiento a su trayectoria profesional y, al mismo tiempo, la oportunidad de llevar el nombre de República Dominicana a un espacio institucional de alcance estatal.

Como miembro de la Junta, participó en responsabilidades relacionadas con el otorgamiento de licencias, la supervisión del ejercicio profesional, asuntos disciplinarios y la educación de profesionales de estas áreas.

También evaluó solicitudes de licencia, participó en la revisión de reglas profesionales y presidió el comité legislativo de la Junta. En otras ocasiones viajó fuera de Florida para representarla.

Cada decisión requería rigor, porque podía tener consecuencias tanto para la trayectoria de un profesional como para la protección de las personas que reciben sus servicios.

“Como primera dominicana en ocupar ese puesto dentro de la Junta, sentí que llevaba conmigo mi historia y el nombre de mi país”, expresa.

Llevar a República Dominicana como parte de la responsabilidad

Representar al país fuera de sus fronteras no lo concibe únicamente como una cuestión de orgullo.

Para Angelita también implica responsabilidad.

Su experiencia le ha enseñado que la representación dominicana en espacios profesionales debe estar acompañada de preparación, criterio y humanidad.

“Para mí, representar a República Dominicana significa servir con preparación, criterio y humanidad”, sostiene.

Desde esa perspectiva, su trayectoria profesional se conecta con aquella adolescente que, desde La Vega, comenzó a descubrir el significado del servicio.

Lo que tres décadas de profesión le enseñaron sobre las personas

Después de más de tres décadas de experiencia, Angelita considera que existen aprendizajes que ninguna universidad puede transmitir completamente.

Uno de ellos es entender que una persona no puede reducirse a un diagnóstico, un expediente o a la impresión que produce durante un momento de dificultad.

“Para comprender a una persona hay que escuchar su historia, prestar atención a lo que le cuesta expresar y reconocer el contexto en el que vive”, afirma.

La formación académica le proporcionó conocimientos y métodos. La experiencia, en cambio, le enseñó a no apresurar las conclusiones.

También aprendió que ayudar no siempre significa tener una respuesta inmediata.

A veces, explica, lo más importante es estar presente, escuchar con respeto y acompañar a la persona mientras descubre sus propios recursos.

Y es precisamente ahí donde su historia personal y profesional parecen encontrarse.

La adolescente que aprendió en La Vega que servir implica prestar atención a las necesidades de los demás se convirtió, décadas después, en una profesional dedicada a escuchar y acompañar a personas en momentos difíciles.

Su recorrido también representa la experiencia de una dominicana que emigró, continuó preparándose, enfrentó desafíos profesionales y llegó a ocupar un espacio institucional desde el cual sus decisiones podían impactar el ejercicio de la salud mental en todo un estado.

Después de más de 30 años, mantiene una certeza: cada persona tiene una historia que merece ser escuchada.