Opinión

Vivir en la calle

Por: Tahira Vargas García

“No nos dejan entrar a los parques, ni a los centros comerciales, solo podemos estar en la calle. Dormir debajo de elevados, o donde encontremos un rinconcito que no moleste a nadie”.

Caminar por las calles del Distrito Nacional y de Santo Domingo favorece a entrar en contacto con el contraste entre una ciudad con vehículos y edificios de lujo, y que a su vez tiene una proporción significativa de niñez y personas adultas que se dedican a la venta ambulante y a pedir dinero en la calle.

La vida cotidiana de las personas indigentes está bañada de exclusión, discriminación y negación de todos los derechos humanos. No tienen viviendas, viven y duermen en calles. Antes se quedaban en los parques, pero han cerrado los parques negándoles el derecho al espacio público, que ya no es público.

Su imaginario supone una ruptura con las lógicas sociales de “necesidades básicas” no cuentan con ninguna de ellas. Erróneamente se identifica al indigente como “peligroso” o “demente”, expresiones distorsionadas de su realidad.

Estas personas viven en la calle porque no tienen donde residir, han perdido sus viviendas. La pérdida de sus viviendas y sus medios de subsistencia está vinculada a: desigualdad social, crecimiento de la pobreza, desempleo, abandono del campo, cierre de empresas y violencia. Algunos casos están vinculados a consumo de drogas.

Las personas que son indigentes pueden pasarse varios días sin alimentarse porque dependen de lo que aparezca. Los alimentos que ingieren son los que recogen de los zafacones de la basura, “las sobras” de comedores o lo que le dan en las esquinas. Sufren muchas situaciones de violencia, discriminación, humillación, abusos sexuales y policiales.

“¿Abusos? A cada rato. Me insultan, me empujan, me pegan y me mandan a trabajar, ¿A dónde voy a trabajar? Hace dos años perdí el trabajo que tenía. Recojo basura y la vendo. La Policía me da golpes por verme”. (Hombre 50 años)

Los relatos de las situaciones de violencia y discriminación forman parte de su cotidianidad. El rechazo y discriminación hacia los/as indigentes se extiende a comercios, cafeterías, vehículos, semáforos, calles y parques. Los agentes policiales se suman a la lista de abusos y se convierten en uno de los principales actores que ejerce cotidianamente violencia hacia las personas indigentes.

La indigencia es el rostro crudo y dramático de la pobreza extrema presente en muchas comunidades rurales y urbano-marginales de distintas provincias del país y el Distrito Nacional. Incluir esta población supone establecer programas focalizados y sostenidos en su realidad, acompañados de conciencia ciudadana sobre su situación y derechos.

tomado de El Hoy

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