Opinión

Un regalo excepcional

Por.Julio Ravelo Astacio

La mayoría de ustedes pensaron en la dicha de existir, de haber llegado al mundo bajo el cuidado de sus padres, grata compañía de hermanos, familiares, amigos de infancia, compañeros de travesuras. Debemos agradecer a Dios por existir y tener la satisfacción de compartir los momentos de bienestar, alegría de quienes nos han acompañado en momentos de complacencia, felicidad, así como en otros donde la pena, dolor propio o ajenos nos constriñen el alma.

Invitaciones a bodas, cumpleaños, celebraciones, nos rompen la cabeza pensando qué comprar para agradar al anfitrión/a. “Es que ellos tienen de todo”, “En esa casa no falta nada”. “No encuentro nada que me haga pensar que eso le va a gustar o ser útil”. Permítame, amigo lector, decirle que, si eso le ha ocurrido, de seguro usted no está valorando el verdadero sentido de un regalo, no se mide por lo que brille o pudiera ser su valor real, es la intención que usted percibe en la persona que le quiere cautivar.

Para ratificar este juicio les cuento: “Hace más de 40 años me mudé con mi familia a una nueva residencia, días después nos visitaron Modesto Delgado y Patria Santana, dos amigos desde los tiempos de estudiantes en la UASD, “Te hemos traído un regalito que ojalá te agrade” me entregaron dos plantitas de aguacate, no tenía experiencia en el cultivo de esta, pero, tan pronto tuve ocasión las sembré. Pasó el tiempo, las plantas crecieron, florecieron, los aguacates comenzaron a aparecer en todas sus ramas, grandes, sabrosos, de un amarillo hermoso, secos y consistentes en su textura. Han transcurrido más de cuatro décadas, la cosecha no se detiene, familiares, amigos, vecinos han compartido y disfrutado esas delicias que nos siguen vinculando a la visita de esos amigos”.

En el hospital doctor Luis E. Aybar llegué a consultar miles de pacientes, pero un día un hijo trae a su madre pidiéndome que le devuelva su salud, que no tenían nada para seguir ayudándole y ella cada día peor. ¡Manos a la obra! procuré medicamentos de los que podían aparecer en el hospital y mi consulta privada, las cosas marcharon muy bien.

Un día la señora llega sola, me dice entusiasmada: – “Doctor, usted me sanó, estoy muy bien, no sé cómo agradecérselo”. A pesar de lo que me dice, la noto un tanto inquieta, como si no pudiera seguir expresándose con naturalidad. – “Pero cuénteme”, le aliento, “ya hay confianza entre nosotros y aprecio que ya está recuperada” – “Doctor, yo soy muy pobre, lavo y plancho por paga, pero quiero darle un regalito. –“¡No ombe, no! Eso no hace falta, a mi me paga el Gobierno por mi trabajo” –“Pero doctor, es que yo tengo aquí el regalito, ya lo compré, aunque es muy poca cosa. –“De acuerdo, lo aceptaré si para ti es tan importante. Se le alegra el rostro, entra una mano en su carterita, saca una menta verde, que le decían “de guardia” y, un chiclet Adams –“Gracias, doctor, por aceptar algo tan humilde. Usted se merece algo más, pero yo soy una infeliz, no tengo nada”.

Se arrodilla de nuevo, da las gracias por el regalo entregado, y yo deseando que se marchara porque sólo tenía ganas de llorar ante tanta nobleza y humildad.

Un destacado cirujano que había sido mi alumno me invita a su boda. No encuentro al parecer nada apropiado para regalarle, vuelvo a ir de tienda y compré un jarrón que llamó mi atención. Pasaron más de 30 años, nos encontramos en una actividad académica, el doctor Rafael Sánchez Español y su distinguida esposa, doctora Brígida Navarro de Sánchez; luego de saludarnos vienen los recuerdos, la señora me comenta “Doctor, usted no se imagina que el jarrón que nos regaló en nuestra boda aún está intacto en la sala de nuestra casa”. ¡Cuánta emoción! No sólo lo tenían, sino que también lo

mantenían en un lugar importante de su hogar.

Recuerde:

* Un regalo representa un deseo genuino de reafirmar el valor que tiene la otra

persona para nosotros.

*Su valor está en la intención, no en la etiqueta.

*Su aceptación requiere de una sana autoestima.

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