Opinión

No fue un apagón

Dos apagones en cuatro meses confirman lo que muchos temían: la oscuridad no es accidental, es estructural. Y cada vez que la ciudad se apaga, también se apaga una parte de la credibilidad del poder.

Por: Pavel De Camps Vargas

A las 11:42 de la mañana, el tren dejó de avanzar.

No hubo chirrido metálico. No hubo aviso técnico. No hubo la voz automática prometiendo una breve demora. Hubo silencio.

Las luces del vagón se apagaron de golpe. El aire acondicionado murió en un suspiro tibio. Y en ese microsegundo, en ese instante exacto en que el país dejó de respirar, cientos de pasajeros atrapados en los túneles del Metro de Santo Domingo y otros en el Teleférico entendieron algo que ningún boletín oficial había admitido con claridad brutal: el sistema había vuelto a colapsar.

Afuera, los semáforos se transformaron en postes inútiles. Las avenidas se volvieron un caos sin árbitros. En el Teleférico de Los Alcarrizos, las cabinas quedaron suspendidas en el aire, balanceándose sobre techos de zinc y calles polvorientas. Literalmente suspendidas.

La metáfora era demasiado perfecta para ignorarla.

República Dominicana volvía a la oscuridad. Y no por primera vez.

La anatomía de un fracaso anunciado

En menos de cuatro meses, el país sufrió dos apagones generales o casi generales: noviembre de 2025 y ayer (24 febrero 2026). Ambos con un patrón idéntico. Ambos con el mismo talón de Aquiles: la transmisión.

El 11 de noviembre de 2025, la secuencia comenzó en la subestación San Pedro I. La salida abrupta, desencadenó un efecto dominó que el sistema no pudo contener.

En febrero de 2026 repitió el libreto: el disparo de la línea Hainamosa–Villa Duarte generó un déficit superior a 2,300 MWh frente a una demanda creciente. La red no absorbió el impacto. El restablecimiento fue lento. Excesivamente lento.

El patrón es tan claro como incómodo: una falla puntual activa una cadena que el sistema no sabe o no puede detener.

Eso no es azar.

Eso es un diseño deficiente. O peor aún, omisión prolongada.

Punta Catalina: fortaleza y vulnerabilidad

Hay algo inquietante en la dependencia dominicana de la Central Termoeléctrica Punta Catalina.

Con una capacidad instalada cercana a 720–750 MW, la planta aporta entre 26 % y 30 % de la energía nacional en momentos óptimos. Es el músculo del sistema. También su punto más frágil.

El 13 de agosto de 2025, cuando la demanda superó por primera vez los 4,000 MW, la salida inesperada de Punta Catalina II obligó a suplir apenas el 90 % de la energía requerida. Hubo racionamientos. Hubo advertencias.

Pero no hubo una reforma estructural acelerada.

Concentrar casi un tercio del suministro nacional en una sola instalación no es robustez sistémica. Es una exposición estratégica. Cuando esa planta falla, no es un incidente operativo. Es un sismo eléctrico.

Y los sismos ignorados siempre regresan.

El verdadero talón de Aquiles

Los informes técnicos no son ambiguos: el problema estructural está en la transmisión.

  • Subestaciones críticas sin redundancia.
  • Protecciones mal coordinadas.
  • Esquemas automáticos vulnerables a disparos en cascada.
  • Márgenes de reserva insuficientes ante la salida de grandes unidades.

Tras el apagón de noviembre, se recomendaron 28 acciones correctivas específicas: modernización de protecciones, revisión de tiempos de actuación, fortalecimiento de reservas sincronizadas, almacenamiento con baterías para soporte de frecuencia y capacidad de “black start”.

La pregunta no es técnica. Es política: ¿cuántas se han ejecutado?

Cuando se detiene la ciudad, se detiene la vida

El apagón no es una estadística. Es una experiencia.

Es el vendedor que pierde mercancía.
Es la enfermera que llega tarde porque el Metro está paralizado.
Es la estudiante que no puede conectarse a su clase virtual.
Es la madre quien cuenta las horas mientras el congelador se derrite.
Es el paciente en cuidados intensivo que con un apago como esto su vida queda en un hilo.

Y es, sobre todo, el usuario del Teleférico de Los Alcarrizos que queda suspendido en el aire, viendo desde arriba la geografía de una desigualdad que ya conocía.

Para algunos barrios con plantas eléctricas e inversores, el apagón es una incomodidad. Para otros, es la confirmación de que el sistema nunca estuvo diseñado pensando en ellos.

La electricidad, en República Dominicana, es también una frontera social.

Y esa frontera tiene nombre: desigualdad energética.

El costo invisible del apagón

El país supera los US$120,000 millones en PIB. Crece. Atrae inversión. Exhibe cifras positivas.

Pero cada hora de apagón nacional arrastra pérdidas que no aparecen en el boletín del Banco Central:

  • Transacciones electrónicas que no se procesan.
  • Líneas industriales que se detienen.
  • Hoteles que operan con generadores al límite.
  • Restaurantes que descartan inventario.
  • Hospitales que estiran su respaldo energético hasta el borde del riesgo.

La electricidad no es un servicio más. Es la infraestructura de todas las infraestructuras.

Cuando falla, no falla sola.

Se lleva todo con ella.

El desgaste político silencioso

El presidente Luis Abinader ha reconocido que los apagones son “odiosos”. Ha anunciado nuevos proyectos, nuevas plantas, más megavatios.

Pero entre el anuncio y el interruptor que responde existe una brecha que la ciudadanía mide en sudor.

Las encuestas aún no reflejan un derrumbe político inmediato. Pero el desgaste no llega de golpe. Llega en capas.

Cada vez que el Metro se detiene.
Cada vez que el Teleférico queda suspendido.
Cada vez que el refrigerador amanece caliente.

En política, la electricidad también ilumina credibilidades.

Y cada apagón recalcula, silenciosamente, el capital político del gobierno que prometió estabilidad.

Tres caminos

República Dominicana enfrenta tres escenarios:

  1. Corrección parcial: menos apagones generales, pero fragilidad latente.
  2. Reforma estructural real: inversión en transmisión, almacenamiento, digitalización, reducción efectiva de pérdidas. Costosa, compleja, posible.
  3. Normalización del riesgo: anuncios reiterados, ejecución lenta, crisis cíclicas.

La variable decisiva no es el diagnóstico. El diagnóstico ya existe.

Es la ejecución verificable.

Gobernar es mantener la luz encendida

El país ha construido autopistas, aeropuertos, metro, teleférico. Ha ganado premios turísticos. Ha crecido.

Pero la modernidad no se mide en inauguraciones.

Se mide en resiliencia.

Cuando el Metro se detiene en mitad del túnel y el Teleférico de Los Alcarrizos queda suspendido sobre el barrio, el mensaje es más fuerte que cualquier discurso: la infraestructura sin estabilidad es espectáculo.

Gobernar no es prometer luz.

Es garantizar que nunca vuelva la oscuridad.

Porque cuando una nación se apaga dos veces en cuatro meses, la pregunta ya no es técnica.

Es histórica.

¿Vamos a seguir acostumbrándonos a la penumbra, o finalmente decidiremos como Estado, como sociedad, como liderazgo que la oscuridad dejó de ser aceptable?

La electricidad no es un lujo.
No es una estadística.
No es un titular.

Es confianza.

Y un país que pierde la confianza en su sistema eléctrico comienza, poco a poco, a desconectarse de algo más profundo que la red.

Se desconecta del futuro.

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