Opinión

La nueva crisis no empieza en medios, empieza en WhatsApp

Un país puede incendiarse desde un chat: WhatsApp impone la agenda antes que los medios. Un solo reenvío supera a cualquier titular. 

Por: Pavel De Camps Vargas

En la era digital, la verdadera crisis informativa no se enciende en las salas de redacción de un medio de comunicación, ni en las portadas de los periódicos: comienza en un simple chat de WhatsApp. Antes de que cualquier medio la nombre, clasifique, verifique o contextualice, ya ha circulado millones de veces, ha llegado a incontables grupos y ha moldeado percepciones. Hoy, la crisis no brota en los medios: empieza en WhatsApp, ese espacio íntimo, cifrado y sin filtros que se ha convertido en el corazón de la conversación pública. WhatsApp es la plataforma más popular en República Dominicana, usada por más del 68% de la población, con casi el 95% de los dominicanos usando llamadas de WhatsApp. Otro dato importante es el uso diario: El 83.6% de los usuarios de WhatsApp en RD la usan a diario, destacando su relevancia para el intercambio de información.

WhatsApp como plataforma informativa: datos de 2025

Según el Digital News Report 2025 del Instituto Reuters el estudio más amplio sobre consumo de noticias a nivel mundial WhatsApp figura entre las plataformas donde una proporción significativa de usuarios obtienen noticias, compitiendo incluso con redes sociales públicas como TikTok o X, y muy por encima de los medios tradicionales en muchos países.

Aunque sólo 15 % de los usuarios declaran recibir noticias regularmente en WhatsApp, el impacto de esta plataforma trasciende ese porcentaje: actúa como vector silencioso de información y, con frecuencia, de desinformación

Este desplazamiento del centro de gravedad informativo tiene implicaciones en las democracias y en la interacción social: lo que circula en grupos privados rara vez se examina con rigor antes de ser tomado como verdad —y menos aún es aprehendido por los medios antes de que ya haya causado efectos públicos.

El problema estructural: confianza íntima, flujo incontrolado

En WhatsApp no hay editores, líneas editoriales ni estándares de verificación. Hay personas con nombres y apellidos que representan autoridad personal, no autoridad informativa. Cuando un mensaje llega desde un grupo familiar o de amigos, rara vez se cuestiona. Y ahí radica la tragedia: la confianza interpersonal se confunde con credibilidad factual.

Investigaciones recientes enfatizan que la estructura social de los grupos la familiaridad, las afinidades ideológicas, la emotividad compartida convierte a WhatsApp en un entorno particularmente vulnerable a la difusión de desinformación y fake news, especialmente cuando éstas apelan a emociones intensas como el miedo o la indignación.

Además, estudios académicos muestran que la legitimación de la difusión de bulos con fines partidistas actúa hoy como predictor más fuerte de su circulación intencional que la simple ignorancia humana. Es decir: no toda desinformación se comparte por error. En muchos casos se comparte a propósito, como parte de construcciones identitarias y conflictos políticos.

La crisis de percepción y la política

La desinformación información falsa compartida sin intención de causar daño y la desinformación deliberada contenidos fabricados con intención de manipular han sido definidas claramente por instituciones como la OCDE, que advierte sobre sus efectos sistémicos en los discursos políticos.

Durante procesos electorales recientes como las elecciones sudafricanas de 2024 estudios cuantitativos han demostrado que las narrativas falsas difundidas en grupos de WhatsApp se alimentan de emociones (41 % miedo, 32 % identitarias) y muchas veces imitan formatos periodísticos para engañar, aun después de ser desacreditadas.

Esto ocurre no sólo en África o Asia, sino también en Latinoamérica, donde la confianza institucional está en declive, y donde una vez que una noticia por verdadera o falsa que sea circula en un grupo cerrado, rara vez los medios la capturan antes de que se haya convertido en escándalo social.

Medios tradicionales en reacción: una dinámica insuficiente

Los medios formales han tratado de responder con secciones de verificación (fact-checking), alianzas con plataformas y advertencias sobre contenidos virales. Sin embargo, al llegar tarde en el ciclo de la información, estas correcciones suelen tener poco impacto en la narrativa pública. El reto es que la desinformación en chats privados ya ha penetrado en la percepción social incluso antes de que los medios tengan oportunidad de abordarla.

Además, muchos usuarios malinterpretan las herramientas que WhatsApp mismo ofrece para indicar mensajes potencialmente no verificados: menos del 10 % entiende correctamente las etiquetas como “reenviado” o “reenviado muchas veces”, y muchos asocian esas marcas con contenido divertido o popular, no con posible falta de veracidad.

Combatir esta nueva crisis requiere algo más que correcciones puntuales o advertencias automáticas. Se trata de una crisis de percepción, asociada a déficits de alfabetización mediática y digital. No se trata de censurar ni de vigilar chats privados, eso sería antitético a las libertades individuales sino de fomentar una cultura de responsabilidad informativa: antes de compartir, preguntar; antes de creer, verificar.

República Dominicana: cuando un audio basta para desatar el pánico

En República Dominicana, WhatsApp ha sido detonante de varias crisis recientes que ilustran la fragilidad del ecosistema informativo. En 2020, durante los primeros meses de la pandemia, una nota de voz anónima que advertía del supuesto “colapso total” de hospitales provocó compras masivas de medicamentos y generó tal alarma que el Ministerio de Salud Pública tuvo que desmentirla públicamente. En febrero de 2023, una cadena que atribuía falsamente a la Policía Nacional la advertencia de un inminente “toque de queda sorpresa” circuló en cientos de grupos y obligó a las autoridades a emitir un comunicado urgente para frenar el rumor. Y en las elecciones municipales de 2024, organizaciones de verificación como Alianza Check y el Observatorio de Medios Digitales registraron un aumento inédito de audios manipulados, imágenes adulteradas y supuestos reportes ciudadanos que circularon masivamente en WhatsApp y Telegram antes de que los medios pudieran contextualizarlos. Estos episodios revelan que en el país como en buena parte de la región la desinformación opera primero en lo privado y solo después estalla en lo público, dejando a las instituciones corriendo detrás de una narrativa ya instalada.

El caso Magín Díaz: una crisis moderna nacida en un audio reciente

Pocas veces se observa con tanta claridad cómo una crisis política contemporánea puede surgir sin ruedas de prensa, sin filtraciones a la prensa y sin documentos oficiales. En República Dominicana, el reciente episodio que involucra al ministro de Hacienda y exdirector de Impuestos Internos, Magín Díaz, expone con crudeza la nueva lógica de la comunicación pública: un país entero puede entrar en estado de debate a partir de un solo audio viral en WhatsApp.

A inicios de 2026, comenzó a circular en grupos privados, primero de empleados públicos, luego de sectores empresariales y finalmente de ciudadanos comunes, un mensaje de voz atribuido a una funcionaria de la DGII, encargada del área de fraude. El contenido era explosivo: describe un presunto incidente en el que el ministro Díaz había solicitado acceso directo a la computadora laboral de la empleada, incluyendo contraseñas y documentación interna, en un tono interpretado como intimidante. La grabación también insinuaba tensiones previas, tratos irregulares y presiones jerárquicas. Todo esto, antes de que mediara explicación institucional alguna.

En cuestión de horas, el audio que ni siquiera había sido autenticado se había reenviado miles de veces. Circuló en grupos de abogados, contadores, periodistas, bancos, partidos políticos y hasta comunidades religiosas. Lo que inicialmente parecía un conflicto administrativo interno se transformó en un tema de conversación nacional, con conjeturas que iban desde abuso de poder hasta conflictos internos en la DGII. Y, como ocurre en este tipo de crisis digitales, los vacíos de información fueron llenados por interpretaciones, especulaciones y lecturas ideológicas, no por datos verificables.

La funcionaria implicada desmintió públicamente los detalles del audio y evaluó interponer una querella formal por el uso no autorizado de su voz y por la tergiversación de los hechos. Mientras tanto, Magín Díaz declinó ofrecer comentarios detallados hasta tanto la investigación interna se completara. Esa prudencia que en otro contexto habría sido una señal de responsabilidad institucional fue interpretada por sectores en redes como confirmación tácita, demostrando que en la era de la viralidad el silencio ya no es neutral: es interpretado como narrativa.

Este episodio se convirtió en un laboratorio nacional de cómo opera la desinformación o la información no verificada en terrenos institucionales sensibles. Expertos en comunicación política subrayan que el manejo de crisis ya no comienza cuando la prensa publica una historia, sino cuando WhatsApp la instala emocionalmente en la sociedad. Los medios dominicanos, de hecho, apenas pudieron reaccionar una vez el audio ya había recorrido todo el país. Las primeras notas periodísticas no nacieron para informar, sino para intentar verificar. Y en ese desfase temporal minutos contra horas, horas contra días se decide hoy la credibilidad pública.

El caso Magín Díaz también revela un componente cultural dominicano: la rapidez con que se construyen narrativas heroicas y narrativas de persecución, dependiendo del lente político o social de quien escuche. Para algunos grupos, el audio era prueba de un supuesto entramado de poder. Para otros, era evidencia de una manipulación destinada a debilitar a una figura técnica con reputación internacional. Para una población amplia, fue simplemente una señal de alerta sobre el funcionamiento interno de las instituciones públicas.

Más allá de la veracidad del audio o de la resolución legal que pueda derivarse, el fenómeno evidencia un riesgo profundo: República Dominicana está desarrollando crisis políticas paralelas, que no pasan primero por los hechos, sino por la viralidad. Y cuando la percepción antecede a la evidencia, la gobernabilidad queda en manos del rumor.

Este caso ya se discute en escuelas de comunicación, foros profesionales y oficinas públicas como ejemplo de manual de cómo la desinformación o la información incompleta se convierte en combustible político. Y lo más alarmante es que no se trató de una operación sofisticada, ni de un hackeo, ni de una filtración de inteligencia: fue un audio, reenviado desde un celular cualquiera, que incendió la conversación nacional en un país de más de 11 millones de habitantes.

En un contexto donde las instituciones intentan fortalecer procesos de transparencia y donde la digitalización crece más rápido que la educación mediática, episodios como este recuerdan una verdad incómoda: las crisis contemporáneas no necesitan pruebas para existir; necesitan difusión.

El desafío para la República Dominicana donde lo político, lo social y lo comunicacional será aprender a navegar un futuro donde un audio puede más que un documento, donde un reenvío puede más que un comunicado, y donde un chat privado puede detonar una crisis pública antes de que el país sepa siquiera si hubo un hecho real que la motivara.

Vivimos en la era de mayor acceso a información en la historia. Pero también en la era en la que más fácil es que información falsa sea tratada como verdad incuestionable. Las democracias contemporáneas no colapsan por falta de datos, sino por exceso de ruido, por confundir velocidad con veracidad.

El error más común es reaccionar como si la crisis comienza cuando llega a los medios. Para entonces, el relato ya se consolidaba en chats privados, empleados, clientes y aliados.  El silencio, en este nuevo contexto, ya no es prudencia: es una confesión.

La gestión moderna de crisis exige entender que la primera alerta no está en un trending topic, sino en un audio reenviado. Implica desarrollar capacidades de escucha temprana,  respuestas ágiles y mensajes claros, antes de que la narrativa privada se vuelva pública.

La nueva crisis no empieza en las redacciones, ni en las portadas de los periódicos. Empieza con una notificación de WhatsApp que nunca fue verificada, pero sí creyó suficiente para alterar percepciones, decisiones y relaciones sociales.

Hoy, la ruta es clara: la crisis nace en WhatsApp, se filtra a redes y estalla en medios.

Porque mientras la verdad exige esfuerzo, la mentira sólo necesita un clic.

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