Opinión

Es tiempo de ordenar la casa


Por Margarita Feliciano

La situación política actual de nuestro país evidencia una realidad que no podemos seguir ignorando. Las organizaciones políticas han dejado, en muchos casos, de ser partidos de ideas y propuestas para convertirse en simples maquinarias electorales. Esto ha debilitado no solo la credibilidad externa de nuestras instituciones, sino también la confianza interna entre sus propios dirigentes. Vivimos cuatro años como si estuviéramos permanentemente en contienda, trabajando más para asegurar el próximo triunfo electoral que para dejar legados, fortalecer las instituciones y ofrecer un servicio público digno.


Esta dinámica ha creado una población electoral acostumbrada a quejarse durante todo un período de gobierno, pero que el día de las elecciones termina eligiendo por lo que recibe en el momento, no por los resultados observados ni por proyectos serios y posibles de ejecutar. Se vota por promesas rápidas, poco realistas y difíciles de cumplir, en lugar de valorar trayectorias, capacidades y planes con visión de Estado.


Es momento de que el pueblo tome las riendas de sus propias decisiones y deje de ser manejado como títere por intereses económicos que mueven los hilos del poder, incluyendo sectores vinculados al narcotráfico y al lavado de activos que distorsionan la voluntad popular. Cuando la ciudadanía deja de solo quejarse y comienza a exigir de manera firme y colectiva, los gobernantes están obligados a escuchar y actuar.


La experiencia de otros países demuestra que cuando la sociedad civil se organiza, se manifiesta y defiende sus derechos con determinación, se logran transformaciones reales, gobiernos más responsables e instituciones más fuertes. No es teoría: es historia comprobada.


Hoy más que nunca necesitamos rescatar la ética y la moral, no como discursos bonitos para escuchar, sino como práctica visible. Porque las buenas acciones se respetan más cuando se ven y se sienten, no cuando solo se anuncian.


Es tiempo de limpiar, reorganizar y fortalecer la casa. Y cuando hablamos de “casa”, nos referimos a nuestras instituciones del Estado, a las organizaciones políticas y sociales, y al país en general, que es la casa de todos los dominicanos. Solo así podremos construir un futuro donde la política vuelva a ser servicio, donde las instituciones recuperen su credibilidad y donde gobernar signifique dejar huellas de dignidad y resultados, no huellas de desfalcos, nepotismo y engaños. Margarita Feliciano

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