Opinión

De Jet Set a Senasa : del descuido a la premeditación,  cuando la indignación pierde el sentido de la proporción

Jet Set y SENASA no son comparables: una tragedia por negligencia no es lo mismo que un sistema que calculó el daño durante años sin importar las miles de vidas perdidas.

Por Angel Puello :

En una sociedad golpeada por el dolor, la rabia suele buscar culpables con urgencia. Es humano. Pero cuando la indignación se desborda sin matices, se corre un riesgo mayor: confundir los hechos, mezclar responsabilidades distintas y terminar juzgando con el estómago en vez de con la razón. Este artículo nace precisamente de una conversación entre amigos, de esas donde el país se analiza sin micrófonos, y donde una idea fue clara y contundente: hay casos que no pueden compararse jamás, por más tragedia que ambos contengan.

El caso del desplome en la discoteca Jet Set, un negocio familiar vinculado a la familia Espaillat y donde la figura más conocida es Antonio Espaillat, dejó una herida profunda en la sociedad dominicana. Hubo pérdidas humanas irreparables. Familias destruidas. Un duelo colectivo legítimo. Y, como suele ocurrir en estos escenarios, la crítica fue inmediata, dura y, en muchos casos, necesaria. Sin embargo, con el paso de los días, esa crítica cruzó una línea peligrosa: la de insinuar que hubo intención, cálculo o maldad premeditada.

Hasta ahora —y es importante decirlo con responsabilidad— todo indica un escenario de descuido y fallas de mantenimiento. Eso no exime de culpa. No limpia responsabilidades. No borra el dolor. Pero no es lo mismo el descuido, por grave que sea, que la intención de provocar una tragedia. Las investigaciones oficiales serán las que establezcan el grado exacto de responsabilidad. Pero convertir una negligencia en una masacre planificada es un salto emocional, no jurídico ni racional.

Aquí es donde el paralelismo con Seguro Nacional de Salud (SENASA) resulta no solo incorrecto, sino profundamente injusto. Estamos hablando de dos realidades que son del cielo a la tierra.

En el caso de SENASA, según múltiples denuncias, testimonios y evidencias públicas discutidas durante años, no se trató de un accidente ni de un descuido puntual. Se trató de decisiones sistemáticas, frías y calculadas: negación de medicamentos, retrasos deliberados, procedimientos innecesarios, procedimientos negados cuando eran vitales. Todo bajo una lógica administrativa que puso números por encima de vidas humanas. No fue un día. No fue un local. Fue un sistema operando durante años.

La diferencia es abismal. En Jet Set se pueden contar —con dolor— las víctimas de una noche trágica. En SENASA, la cifra es incalculable. Miles de familias afectadas en silencio. Personas que no recibieron su medicamento y murieron. Otras que no fueron operadas a tiempo. Otras que fueron sometidas a procedimientos innecesarios. Un daño extendido, sostenido y nacional. Eso sí fue premeditado. Eso sí fue calculado. Eso sí fue inhumano.

Este artículo no pretende —y debe quedar absolutamente claro— liberar de responsabilidad a la familia Espaillat ni a los administradores de Jet Set. La justicia debe actuar. Las consecuencias deben asumirse. Pero también es justo reconocer cuando la crítica se vuelve tan ácida que borra toda proporcionalidad y convierte a personas en villanos absolutos sin esperar conclusiones.

Hay además un elemento que muchos han preferido ignorar: el aporte histórico de Jet Set a la música dominicana. Durante años en que el merengue atravesaba una de sus peores crisis, ese escenario fue refugio, vitrina y sustento para músicos, orquestas y talentos nacionales. Fue negocio, sí. Pero también fue casa, apoyo y plataforma para la cultura dominicana y con esta afirmación no deseamos limpiar de culpa a los dueños de Jet Set.

Lo mismo ocurre con el rol de Antonio Espaillat en los medios de comunicación. A través de emisoras propias o administradas por él, cientos de comunicadores, periodistas y productores encontraron empleo, respaldo y estabilidad. Esas emisoras no solo han dado  trabajo: han apostado por el talento local, por la música dominicana, por la información nacional. Eso no borra errores, pero sí pinta un retrato más completo y honesto.

La conclusión es clara: no todo escándalo es igual, no toda culpa pesa lo mismo y no toda tragedia nace del mismo lugar. Confundir negligencia con perversidad calculada no nos hace más justos; nos hace más ciegos. El país necesita justicia, sí. Pero también necesita memoria, contexto y equilibrio.

Porque cuando perdemos la capacidad de diferenciar, terminamos castigando con la misma vara al que descuidó y al que planificó, y eso —históricamente— nunca ha sido justo.

angelpuello@gmail.com 

* El autor es presidente de la fundación Todo es Posible  

Si te gustó, comparte esto!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *