Cuando el chisme se volvió algoritmo
Por: Nelson Marrero Díaz
Hasta en las mejores familias hay un pariente que habla de más. Ese que agarra confianza en la conversación y revela detalles que nadie pidió, para luego sorprenderse si lo citan mal. No lo hace por maldad, sino por falta de filtro.
Con la inteligencia artificial generativa sucede algo parecido. Nos quejamos de que “alucina” o se extiende innecesariamente. Pero, al igual que con ciertos habladores, el problema rara vez es el interlocutor, sino la calidad de la pregunta.
Si a la IA no le marcas el terreno, le das un dedo y te quedas sin brazo. Es como el error de preguntarle al de lengua suelta: “¿Qué hay de nuevo?”. Te contará desde quién ganó el juego—y que el árbitro no sabe de eso— hasta su opinión sobre la frecuencia con que el delivery banilejo entra a la casa de doña Bélgica, la vecina que enviudó hace tres meses.
La máquina hace lo mismo: no piensa, solo encadena palabras para no quedarse callada. Si no le pones freno, asume que más que un recurso informativo es tu mejor amiga, un viernes por la noche, sentados en un bar.
El verdadero arte está en pedir con reservas y establecer límites claros.
Si te identificas pensando que tu IA no tiene el cable que controla su “lengua digital”, prueba la técnica de la indicación simple: “responde en tres líneas”, “sé formal” u “omite lo obvio”. Sin ese freno, se va de largo y no dobla.
La tecnología no vino a sumar un chismoso más a tu vida. Vino a procesar instrucciones literales. Si el resultado es vago, conviene evaluar si la instrucción también lo fue.
Ante una respuesta kilométrica, aplica el tapaboca que a ciertos conocidos les falta. El imprudente es indiscreto. La IA es obediente.
Edúcala y aprenderá a decir lo justo, sin accesorios.
tomado de El Hoy
