Opinión

El fenómeno de los precandidatos sin pueblo, pero con recursos

Por Ángel Puello

En la política dominicana contemporánea ha emergido un fenómeno cada vez más evidente, preocupante y, a la vez, revelador: el ascenso de los precandidatos sin pueblo, pero con recursos. Figuras que, aunque no poseen respaldo popular auténtico, logran posicionarse en las boletas internas de sus partidos y ocupar titulares, gracias a su acceso privilegiado al poder económico, institucional o presupuestario.

Este tipo de precandidatos abunda en diversos partidos políticos, especialmente en aquellos que ostentan el poder. Su estrategia es sencilla, pero efectiva en apariencia: mantenerse activos durante la precampaña con una agenda repleta de actividades superficiales —ruedas de prensa vacías, caravanas con más empleados que ciudadanos reales—, construyendo una burbuja de visibilidad que oculta la falta de conexión genuina con la población y con la base real de su partido.

En muchos casos, no son conocidos más allá del perímetro de sus oficinas, ni han construido liderazgos sólidos desde las bases. Pero tienen algo que otros precandidatos no poseen: control, al mismo tiempo, de muchos ministerios, direcciones generales o instituciones del Estado. Este acceso a recursos públicos de muchas instituciones a la vez les da una ventaja injusta en un terreno que, se supone, debería estar marcado por la equidad, el mérito y la simpatía popular.

No son los líderes que el pueblo aclama. Son los precandidatos que aparecen en vallas financiadas por “aportantes”, los que hacen donaciones masivas días antes de los procesos internos, los que montan operativos para salir en las redes. Su apuesta no es por el convencimiento ni por las ideas; es por el voto comprado, la logística prepagada, el movimiento mediático que les dé una apariencia de fuerza política que no tienen en la calle.

Esto cobra mayor fuerza en los partidos que ya están en el gobierno. Ahí, el clientelismo toma un matiz institucional. Precandidatos sin respaldo de la base ni liderazgo natural aprovechan su cercanía con el poder para movilizar recursos en favor de su aspiración. Mientras tanto, los verdaderos líderes comunitarios —los que han estado ahí resolviendo problemas cotidianos— son marginados por no tener el “capital” necesario para la batalla del día D.

Ese “día D” —el día de las elecciones internas o nacionales— es el momento cúspide para estos aspirantes. Muchos han dedicado cuatro años a ignorar las necesidades reales de sus comunidades, pero apuestan todo a ese único día donde, con dinero en mano, esperan revertir la memoria del votante. Sin embargo, algo está cambiando.

Cada vez más, la base de los partidos —cansada de ser utilizada y olvidada— está despertando. Muchos ciudadanos aceptan el dinero que les ofrecen, pero, a la hora de marcar la boleta, escuchan a su conciencia. Votan por el que ha estado con ellos, no por el que solo aparece cada cuatro años con una sonrisa ensayada y una mano de billetes.

La población ya no se deja impresionar tan fácilmente por promesas de última hora ni por el espectáculo vacío. El pueblo busca autenticidad, cercanía, coherencia. Al escuchar el clamor del votante común y el de la base de los partidos, todo indica que, para las elecciones venideras, la gente cada vez más dará apoyo a nombres que representan renovación, que no tienen una estructura pesada detrás, pero sí una historia real de compromiso con la gente.

El fenómeno de los precandidatos sin pueblo, pero con recursos es un síntoma claro de un sistema que aún arrastra vicios profundos. Pero también es una oportunidad. Porque, cada vez que uno de estos aspirantes fracasa, se valida la fuerza de la voluntad popular por encima del dinero. Cada vez que un líder auténtico gana, se renueva la esperanza de que en la política dominicana todavía hay espacio para la ética, el trabajo comunitario y la verdadera representación.

La democracia se fortalece cuando el pueblo decide libremente, no cuando es comprado. Y esa conciencia está creciendo, empujando a los partidos a replantear sus formas y a los candidatos a reconectarse con lo que verdaderamente importa: servir, no servirse.

Porque, al final, ningún presupuesto, por millonario que sea, puede más que un corazón convencido. Y el pueblo dominicano, aunque parezca paciente, cada vez adquiere más conciencia de cómo debe estar hablando en las urnas.

angelpuello@gmail.com

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