Internacional

Leonor reivindica la esperanza frente al desencanto: «Hay cosas que merece la pena defender»

La heredera al trono ha reflexionado en su intervención sobre los desafíos de las nuevas generaciones y ha defendido la importancia de la cultura, la ciencia y el conocimiento para comprender el mundo y mantener la confianza en el futuro

La princesa Leonor ha reivindicado el valor de la «esperanza» frente al «desencanto social profundo» durante su discurso en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2026, celebrada este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo.

La heredera al trono, que ha dado un paso más en su creciente protagonismo en los actos de los galardones que llevan su nombre, ha recuperado unas palabras de la filósofa María Zambrano, premiada en la primera edición de los galardones, en 1981, quien al agradecer el galardón dijo a Felipe VI, por aquel entonces Príncipe de Asturias, que en él se encendía una luz en la que aletea una presencia donde se juntan lo joven y lo inédito, esperanza de una historia que se abre”.

La Princesa de Asturias ha reflexionado en su intervención sobre los desafíos de las nuevas generaciones y ha defendido la importancia de la cultura, la ciencia y el conocimiento para comprender lo que sucede en el mundo y mantener la confianza en el futuro. «Los jóvenes nos hacemos preguntas«, ha afirmado la princesa Leonor, que ha descrito un contexto marcado por las «desigualdades, conflictos, extremismos, populismos… todo amplificado además en las redes», donde las nuevas generaciones necesitan mantener el entusiasmo.

La princesa ha reivindicado el papel de los premiados y la necesidad de encontrar motivos para confiar, pese a las dificultades del presente. «Lo tiene», ha respondido al preguntarse si tiene sentido venir cada año a Oviedo para agradecer a estas mujeres y estos hombres que se sientan hoy aquí, en este escenario, que tengan una vida y una obra que nos ayuda a confiar.

La heredera al trono ha repasado las aportaciones de los galardonados de esta edición para explicar cómo sus trayectorias ayudan a interpretar los desafíos contemporáneos. Así, ha destacado la capacidad educativa del cine de los estudios Ghibli, la emoción que transmite la literatura de Julian Barnes y el trabajo en equipo que representa la trayectoria de Leo Messi. También ha subrayado la importancia de la cooperación internacional a través de proyectos científicos como la Bóveda de las Semillas de Svalbard y los avances en la secuenciación del ADN.

Al referirse a la astronauta Christina Koch, ha recordado que la humanidad comparte un mismo destino: «Estamos conectados, estamos condenados a entendernos». Asimismo, ha defendido la responsabilidad individual sobre las palabras y las acciones.

En el tramo final, Leonor ha citado al escritor Václav Havel para recordar que la esperanza no consiste en creer que todo saldrá bien, sino en saber que hay causas que merecen la pena. Ha cerrado su intervención con un verso de Paul Valéry que Miyazaki, uno de los fundadores de los estudios Ghibli, rescató en una de sus obras: «El viento se levanta… ¡Hay que intentar vivir!«.

Discurso íntegro de la princesa Leonor

Permítanme que abra una ventana al pasado. Situémonos, estamos en 1981, en este mismo escenario y durante la primera entrega de estos premios. Anuncian el de Comunicación y Humanidades y sale, con una notita en la mano, José Ortega Spottorno. La nota es de María Zambrano, primera -y única- mujer premiada en aquel año en que empezó a caminar esta fundación. La filósofa y escritora llevaba exiliada cuatro décadas y, al agradecer el premio, dijo a mi padre que en él “se enciende una luz en la que aletea una presencia donde se juntan lo joven y lo inédito, esperanza de una historia que se abre”.

Mi padre va hoy camino de los 60, pero aquella tarde tenía 13 años. En sus palabras, María Zambrano se refería no sólo a la fundación, no sólo a España, a aquella España de 1981. Hablaba de lo joven y lo inédito. Hablaba de esperanza.

Lo recupero para que pensemos en lo que ofrece ante las preguntas que muchos nos hacemos hoy. Y siento una mezcla de vértigo e ilusión, porque así es: Los jóvenes nos hacemos preguntas. Cómo mantener el entusiasmo en estos tiempos de desencanto social profundo, de descreimiento y desigualdades, de conflictos, extremismos, populismos, guerras tecnológicas, híbridas, realidades líquidas, realpolitik, amenazas, incertidumbre, todo amplificado además en las redes…, los números macroeconómicos y el coste de la vida… Tiempos también, no lo olvidemos, de esfuerzo y de trabajo callado de muchos, de perseguir la autenticidad frente a lo virtual, de debatir sobre el valor de la imperfección humana frente a la pretendida perfección de la máquina…

Cómo afronta mi generación semejante complejidad. Cómo digerimos la velocidad y el desencanto, lo que muchos consideran falta de expectativas e imposibilidad de planear una vida, tener un buen trabajo, una casa… Pero ante semejante caos; desde aquí, hoy, en Oviedo, cómo puedo mostrarme ante ustedes sincera, ni ilusa ni apocalíptica, ni cínica ni dramática. ¿Cómo transmito aquí el sentido y la importancia que tiene observar con atención a nuestros premiados, por cuanto contribuyen a mantener nuestra capacidad de asombro, de curiosidad, y nuestra necesidad de confiar? Porque sí, necesitamos confiar.

¿Son estos tiempos más oscuros que otros anteriores? ¿Tiene sentido venir cada año a Oviedo para agradecer a estas mujeres y estos hombres que se sientan hoy aquí, en este escenario, que tengan una vida y una obra que nos ayuda a confiar?

Lo tiene.

Lo tiene porque estudiar a Timothy Garton Ash nos ayuda a comprender lo que sucede en Europa. Sostiene Garton Ash que, pese a lo exhibido por determinados actores hegemónicos, la Unión Europea, junto al Reino Unido, tiene ahora -en un mundo claramente postoccidental— la oportunidad de apuntalar los valores sobre los que se edificó. Y debe hacerlo, insiste, con la necesidad clara de reformar las prácticas actuales para reforzar la seguridad y la defensa, “europeizarla”, afirma Garton Ash, implementar el informe Draghi, crear un espacio digital único, buscar el modo, en definitiva, de aunar las políticas europeas con las políticas nacionales para seguir progresando. Parece oportuno, por tanto, leer y estudiar a este historiador oxoniense que escribe como académico y mira como reportero, y que se ha ganado a pulso el título de “británico más europeo”.

Y fíjense si tiene sentido evocar aquí la obra de los estudios Ghibli. En mi caso, mi recuerdo se remonta a la siguiente escena: mi madre nos lleva a ver Ponyo en el acantilado. ¡Para Sofía es su primera peli en un cine! No llega a los dos años y está sentada en el regazo de mi madre. Yo me quedo hipnotizada con la historia. Mi hermana aguanta más o menos, se remueve un poco, pero también se deja llevar por la animación insuperable y sabia de ese estudio que, desde entonces, ha sido parte de nuestra educación. Porque el cine educa, claro, incluso cuando no se lo propone. Y las películas de Ghibli muestran princesas guerreras y valientes, respeto a la naturaleza; el silencio y la contemplación importan en el arte universal que es la animación y que los estudios Ghibli dotan de artesanía meticulosa y humanismo.

Y no sé si habrá ejercicio con más sentido que leer a Julian Barnes. Háganlo si quieren reír, llorar, derrumbarse o entusiasmarse. Todo a la vez. Se despide con un libro de memorias que es prodigio y es tristeza, donde aborda con inteligencia y oficio su cáncer de sangre ¡y su vida entera! Con recuerdos imperfectos, amores frágiles, el tiempo que todo lo transforma y la muerte, que es inevitable. Dice Barnes que es un optimista melancólico y un pesimista alegre. Y dirá lo que quiera, porque donde hurga usted, señor Barnes, es en el más esencial y precioso sentido de la existencia humana, y ninguna IA podrá replicar la emoción que provoca su obra.

Y si la historia de la imperfección humana ha encontrado ocasiones para apasionarse al unísono, ha sido con las gestas deportivas. No sé si existe otro fenómeno capaz de generar ese sentimiento universal. Un instante -el gol que todos esperan- en el que cabe todo. Por eso tiene sentido mirar hoy a Messi y a su trayectoria irrepetible. Nos presta una gran definición del futbolista argentino un exjugador del Sporting: “Convirtió lo extraordinario en rutina, interpretando el juego y decidiendo lo más efectivo en décimas de segundo, y respetando la esencia colectiva por encima del ego”.

Preservar el patrimonio vegetal y garantizar la seguridad alimentaria y la diversidad de cultivos tiene todo el sentido del mundo. Y tan abrumadora evidencia se esconde en una montaña bajo suelo ártico y se conserva a 18 grados bajo cero. Se llama la Bóveda de las Semillas de Svalbard y es un proyecto, noruego en su origen, que se basa en la cooperación y la confianza internacionales. Aquí se guardan semillas duplicadas de los casi 200 bancos de genes de todo el mundo que pueden verse amenazados por guerras, inundaciones, incendios, determinadas decisiones políticas o falta de recursos, un proyecto científico útil y universal.

Quienes piensen que se puede prosperar a solas y sin tener en cuenta a nadie, que hablen con Christina Koch. Y que esta física e ingeniera les explique qué vio, y sobre todo qué sintió, a 400.000 km del planeta Tierra. Compartimos todo, estamos conectados, estamos condenados a entendernos. Somos “la tripulación de la Tierra”. Lo dice quien además ha sido la primera en muchas hazañas. Porque detrás de cada misión de la NASA, hay mucha preparación, trabajo, excelencia. Esfuerzo. Y que sea así tiene sentido: nos hace comprender que somos más pequeños de lo que pensamos y menos importantes de lo que creemos, pero siempre responsables de cada palabra y acción; responsables del modo en que cada día nos conducimos por la vida.

Constatar nuestra pequeñez terrícola desde una nave espacial debe ser tan fascinante como observar nuestra diminuta complejidad a través de un secuenciador de ADN… Y, tras muchos años de investigación, dos químicos, David Klenerman y Shankar Balasubramanian, y un biofísico, Pascal Mayer, han logrado que lo que antes era un proceso largo y caro sea ahora rápido, barato y eficaz. Esta secuenciación masiva y paralela de ADN tiene sentido porque permite avanzar en muchos ámbitos de la biomedicina, con aplicaciones -en la práctica clínica- en patologías infecciosas, cáncer y enfermedades raras. Y porque este premio revela que esta proeza científica que nos beneficia a todos se ha fundado, como tantas veces, en la colaboración y en el trabajo en equipo.

Y de Patti Smith he leído que es poeta que canta, música que chorrea poemas; que abruma por su rebeldía, desparpajo y valentía, que es libre, fuerte e independiente, que en sus poemas, en sus canciones, en su obra esgrime una libertad cruda y desafiante que no pide permiso. He leído que no pretende gustar, que lo que quiere es existir y experimentar por necesidad y no por estética. Al mirar con atención las fotos que le hizo Mapplethorpe en el hotel Chelsea y al escuchar sus canciones he creído comprender el sentido que tiene reconocer la mirada inconformista de una artista integral cuya autenticidad y vida se refuerzan con la edad.

Hace dos años me referí a la esperanza al citar un poema de Serrat. La invoco de nuevo, precisamente porque percibo cierto desaliento, quizá escepticismo, quizá indignación… Václav Havel, que también pisó un día este escenario, decía que la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que hay cosas que tienen sentido y que merece la pena defender pase lo que pase. Así que sigo respondiéndome a mí misma: sí, tiene sentido honrar a estas mujeres y estos hombres. Y recordar ahora un verso de Paul Valéry que Miyazaki, uno de los fundadores de Ghibli, rescató en una de sus obras: “El viento se levanta… ¡¡Hay que intentar vivir!!”.

Muchas gracias.