Opinión

Cuando el “yo” empieza a ganarle al “nosotros”

Por Ariel Pantaleón

Hay algo que siempre me ha llamado la atención cuando uno observa las culturas orientales: el enorme valor que muchas de ellas conceden a la familia.

Mientras en buena parte de Occidente hemos ido construyendo una sociedad cada vez más centrada en el individuo —“mi vida, mis decisiones, mis planes, mi éxito”—, en muchas culturas orientales todavía existe una idea poderosa: “mi vida también pertenece a mi familia”.

Y creo que los dominicanos tenemos mucho que reflexionar sobre esto.

Porque si algo ha caracterizado históricamente a nuestra sociedad es precisamente el sentido de familia. La casa de los padres que siempre tiene las puertas abiertas. La madre que sigue preocupándose por sus hijos aunque tengan cincuenta años. Los hermanos que aparecen cuando llega una dificultad. Los abuelos que reúnen a varias generaciones alrededor de una mesa.

Eso forma parte de nuestra identidad.

Pero algo está cambiando.

La modernidad nos ha traído grandes avances y, con ellos, nuevas formas de pensar. Queremos independencia, comodidad, realización personal y libertad. Todo eso es legítimo y necesario.

El problema aparece cuando confundimos independencia con indiferencia.

Cuando cuidar a nuestros padres se convierte en una carga. Cuando tenemos tiempo para las redes sociales, pero no para sentarnos a conversar con nuestros hijos. Cuando estamos físicamente juntos, pero cada quien está mirando la pantalla de su teléfono.

Entonces debemos preguntarnos: ¿estamos progresando o simplemente estamos aprendiendo a vivir más solos?

Aquí también debe aparecer el Estado.

No para decirle a los dominicanos cómo deben vivir su vida ni para sustituir el papel de la familia, sino para crear las condiciones que permitan que las familias puedan mantenerse unidas y cumplir mejor su función social.

Las políticas públicas deberían mirar a la familia no solamente como beneficiaria de programas sociales, sino como una institución fundamental para el desarrollo de la sociedad.

Eso significa políticas que concilien trabajo y vida familiar; apoyo a las familias en situación de vulnerabilidad; protección efectiva de la niñez; educación que fortalezca valores de convivencia y responsabilidad; programas para nuestros adultos mayores y mecanismos que ayuden a los padres a tener herramientas para acompañar a sus hijos.

También significa algo más profundo: evaluar el impacto familiar de las políticas públicas.

Cada vez que el Estado diseña una política de empleo, educación, vivienda, salud o protección social, debería preguntarse: ¿cómo afecta esto a la familia dominicana? ¿La fortalece? ¿La facilita? ¿La protege?

Porque gobernar no es solamente administrar recursos.

También es construir las condiciones para que una sociedad pueda vivir mejor.

No se trata de idealizar las culturas orientales. También allí existen presiones familiares y tradiciones que pueden limitar la libertad individual.

Se trata de rescatar lo mejor de nuestra propia cultura.

República Dominicana necesita profesionales exitosos, empresarios, jóvenes independientes y ciudadanos que persigan sus sueños.

Pero también necesita hijos que recuerden a sus padres, padres que tengan tiempo para sus hijos y familias que entiendan que estar juntos no significa solamente compartir un apellido.

Significa acompañarse.

Quizás el gran desafío de nuestra sociedad no sea escoger entre el individuo y la familia.

Es aprender a formar individuos libres sin perder el sentido de pertenencia.

Y allí el Estado tiene una responsabilidad: no sustituir a la familia, sino protegerla, fortalecerla y crear las condiciones para que pueda cumplir su papel.

Porque podemos tener más dinero, más tecnología, mejores casas y más comodidades que nunca; pero si perdemos la capacidad de sentarnos juntos alrededor de una mesa, de cuidar a nuestros mayores y de estar presentes cuando alguien nos necesita, habremos ganado muchas cosas y perdido una que no tiene precio.

La familia dominicana no debería convertirse en una tradición del pasado.

Debería seguir siendo uno de los pilares de nuestro futuro.

Porque al final, la vida no se mide solamente por lo que logramos.

También por a quiénes tuvimos al lado mientras lo lográbamos.