Los tapones nos están robando años de vida y actuamos como si fuera normal
El tránsito dominicano ya no es solamente un problema vehicular: es un problema económico, familiar y humano
Por Ángel Puello
Hay un robo silencioso que ocurre todos los días en República Dominicana y particularmente en el Gran Santo Domingo. No nos quitan una cartera, un celular ni dinero.
Nos están robando tiempo.
Y el tiempo es vida.
Miles de dominicanos salen cada mañana de sus hogares sabiendo a qué hora parten, pero sin ninguna seguridad de cuándo llegarán. Lo mismo ocurre al regresar. Basta intentar desplazarse en determinadas horas por la 27 de Febrero, Kennedy, Máximo Gómez, Churchill, Lincoln, Núñez de Cáceres, Independencia, Las Américas o cualquiera de las grandes vías que conectan Santo Domingo Este, Norte, Oeste y el Distrito Nacional.
El tapón dejó de ser una molestia. Se convirtió en una forma de vida que nunca debimos aceptar como normal.
Es el padre que llega cuando sus hijos están durmiendo. La madre que sale desesperada porque debe recoger al niño. El empleado que llega agotado antes de comenzar a trabajar. El pequeño empresario que pierde reuniones. El estudiante que desperdicia horas sentado dentro de un vehículo.
Y también son millones de pesos quemándose en combustible mientras los vehículos prácticamente no se mueven.
Cada tapón es un impuesto invisible que pagamos con nuestra vida.
Hace años que el problema dejó de resolverse simplemente construyendo más calles. Si colocamos cada vez más vehículos en el mismo espacio, llegará un momento en que matemáticamente no cabrán.
Necesitamos pensar diferente.
Una primera medida sería profundizar los horarios escalonados. No existe ninguna razón para que colegios, oficinas públicas, bancos, empresas y una parte importante del comercio comiencen y terminen sus actividades prácticamente dentro de las mismas franjas horarias. Distribuir la entrada y salida durante el día puede distribuir también el tránsito.
Segundo: transporte escolar organizado por zonas. Miles de padres realizan diariamente recorridos individuales llevando uno o dos niños. Un sistema moderno, seguro, supervisado y apoyado tecnológicamente podría retirar miles de vehículos de las calles durante las horas más críticas.
Tercero: semáforos verdaderamente inteligentes. No podemos administrar el tránsito del futuro exclusivamente con tiempos rígidos. Cámaras, sensores e inteligencia artificial pueden analizar dónde se está acumulando el tráfico y modificar determinadas secuencias en tiempo real.
Cuarto: organizar la circulación de vehículos pesados y las operaciones de carga y descarga para evitar, donde técnicamente sea posible, que coincidan con los momentos de mayor circulación.
Quinto: teletrabajo parcial. No para todo el mundo ni todos los días. Pero si una función puede realizarse uno o dos días desde la casa sin afectar la productividad, cada empleado que no necesita desplazarse representa un vehículo menos o un pasajero menos compitiendo por espacio en la hora pico.
Sexto: necesitamos un transporte colectivo tan eficiente, seguro, conectado y predecible que dejar el vehículo en casa no sea visto como un sacrificio.
Y hay algo fundamental: medir.
República Dominicana debería establecer una meta nacional de reducción del tiempo perdido en el tránsito. Medir cuánto tarda hoy un ciudadano promedio en desplazarse por los principales corredores y fijarnos objetivos anuales concretos para disminuirlo.
No se trata de declarar una guerra contra los vehículos. Se trata de comenzar a diseñar la ciudad pensando menos en mover automóviles y más en mover personas.
Porque cuando alguien pierde dos horas diariamente en el tránsito no solamente pierde dos horas.
Pierde tiempo con sus hijos, descanso, productividad, tranquilidad y calidad de vida.
Y al multiplicar esas horas por semanas, meses y años aparece la dimensión verdadera del problema.
Los tapones nos están robando pedazos de nuestra existencia.
Lo preocupante no es solamente que ocurra.
Lo verdaderamente preocupante es que comenzamos a acostumbrarnos.
