Los inspectores y el terrorismo forestal
Por: Santo Aquino Rubio
Es loable y bienvenida la decisión del presidente Luis Abinader de poner “cara dura” a la destrucción de las reservas forestales, la hidrografía y la economía agropecuaria de la nación, con la disposición que declara la guerra al “terrorismo forestal”, mediante el decreto 615-26.
Mucho había tardado la decisión directa del Gobierno, porque los primeros cómplices y depredadores son los encargados regionales, municipales y comunales y los inspectores que se hacen de la vista gorda a cambio de algunas monedas, para permitir que cada día pasen ante sus ojos camiones, caballos, mulos, camionetas y otros tipos de transporte cargando la madera que sin control se corta y desmonta en las reservas forestales.
Esto incluye a los empresarios agrícolas que tienen decenas y hasta cientos de haitianos escondidos en sus fincas, para hacer el trabajo sucio por el cual no rinden cuentas y en el caso particular del Ministerio de Medio Ambiente, los funcionarios de escritorio que no hacen caso a las denuncias responsables cuando se hacen, sea por razones partidarias o por conveniencia de cualquier tipo, incluyendo el contubernio y tráfico de influencia.
El mandatario debe culminar su gestión poniendo un ejemplo con esos criminales protegidos que destruyen sin piedad y esta vez, también sin frentera que limite, las reservas forestales de la otrora exuberante forestan nacional, las más valiosas fuentes hidrográficas que mueren rápidamente ante la mirada indiferente de quienes deben cuidarla.
Dar un ejemplo con Medio Ambiente, sacar las botellas disfrazadas de inspectores forestales que cobran en el Estado y también reciben canonjías de los negociantes de madera, dueños de aserraderos y constructores.
La cordillera Central, portadora de las principales fuentes hídricas de la nación, así la meridional y la septentrional, han sido convertidas en cadenas de montañas cuasi secas, pese a los grandes esfuerzos hechos en la década de los 80, para repoblar las zonas devastadas por la mano criminal y depredadora del hombre, ahora ayudada por los vecinos, que lo hacen por gracia y maldad.
Es tiempo de que las autoridades asuman seriamente este problema y procuren sancionar sin contemplaciones a quienes abusando del poder, de las posiciones y del dinero, están convirtiendo esta parte de la isla en una zona desértica, sin pensar en el porvenir de las próximas generaciones ni en el país. ¡Caramba! ¿Hasta cuándo?
