Aplazando la muerte: el arte invisible de seguir viviendo
Un llamado a despertar, agradecer y construir un legado que trascienda más allá del tiempo
Por Ángel Puello
Presidente de la Fundación Todo es Posible.
Este artículo está escrito en un domingo de Resurrección. Un día en el que el mundo cristiano recuerda la muerte y la resurrección de Jesucristo, pero que también nos invita, de manera íntima y profunda, a reflexionar sobre nuestra propia existencia. Porque, aunque pocas veces lo pensamos con claridad, desde el mismo instante en que nacemos, empieza a correr un reloj silencioso, implacable, que no se detiene jamás.
La vida, en su esencia más cruda, es un constante aplazamiento de la muerte.
Cada día que despertamos, cada vez que respiramos sin dificultad, cada latido que sentimos en el pecho, es una pequeña victoria. Una extensión del tiempo. Una oportunidad que se nos concede, muchas veces sin que la valoremos en su justa dimensión.
Hemos sobrevivido a enfermedades que pudieron vencernos. Hemos salido ilesos de accidentes que pudieron marcar un final. Hemos tomado decisiones que, sin saberlo, nos alejaron de caminos oscuros. Hemos evitado conflictos que pudieron escalar hacia la violencia. Hemos dicho “no” cuando ese “no” significaba preservar la vida, la dignidad o la paz.
Y en cada uno de esos momentos, sin darnos cuenta, hemos estado aplazando la muerte.
Pero hay algo más profundo aún. Aplazar la muerte no es solo evitar el final físico. Es elegir vivir con sentido.
Es entender que la vida no se mide únicamente en años, sino en momentos. En el abrazo sincero de un ser querido. En la calidez de unas manos que se encuentran. En esa mirada que transmite apoyo sin necesidad de palabras. En el simple hecho de poder sentir, de poder amar, de poder estar.
¿Cuántas veces, atrapados en la prisa del día a día, dejamos de valorar lo extraordinario que es lo cotidiano?
Respirar. Caminar. Escuchar. Reír. Abrazar.
La vida está llena de pequeños milagros disfrazados de rutina cómo la corriente de motivación que produce el encuentro de dos manos…
Y, sin embargo, también es cierto que vivir no siempre es fácil. Hay días en los que pesa. Días en los que el alma se agota. Días en los que las preocupaciones, las pérdidas o las decepciones nos hacen cuestionarlo todo. En esos momentos, incluso, hay quienes sienten una resistencia a vivir, como si la carga fuera demasiado pesada.
Pero es precisamente en esos instantes donde más valor tiene el acto de seguir.
Seguir es, en sí mismo, un acto de valentía.
Seguir respirando cuando duele.
Seguir creyendo cuando todo parece incierto.
Seguir dando amor cuando el corazón ha sido herido, engañado o traicionado.
Eso también es aplazar la muerte. Pero desde una dimensión más poderosa: la del espíritu.
Llega un momento en la vida en que la pregunta deja de ser cuánto tiempo nos queda, y pasa a ser qué estamos dejando.
¿Cómo queremos ser recordados?
No por lo que acumulamos, sino por lo que sembramos.
No por lo que tuvimos, sino por lo que dimos.
El verdadero legado no se construye con bienes materiales. Se construye con gestos. Con palabras. Con acciones que impactan la vida de otros.
Una vida puede cambiarse con una oportunidad.
Con una conversación.
Con un acto de respeto.
Con un ejemplo coherente.
A veces, el mayor aporte que podemos hacer no es económico, sino humano.
Y ahí está la grandeza de vivir con propósito: entender que cada día que se nos concede no es solo para existir, sino para trascender.
La resurrección, más allá de su significado religioso, puede interpretarse también como esos momentos en los que decidimos levantarnos una vez más. En los que, a pesar de todo, elegimos seguir adelante. En los que encontramos una razón para continuar.
Cada nuevo amanecer es, en cierta forma, una resurrección.
Cada decisión de vivir mejor, de amar más, de perdonar, de construir, es una forma de decirle a la vida: “aún no es mi tiempo”.
Aplazar la muerte, entonces, no es temerle al final. Es honrar el presente.
Es vivir con gratitud.
Es reconocer el privilegio de estar aquí.
Es abrazar a quienes amamos como si cada abrazo fuera único o el ultimo.
Es aprestar esas manos como si cada apretón quisiéramos que se quede eterno en nuestro pensamiento…
Porque, en realidad, lo es.
Hoy, en este domingo de Resurrección, más que pensar en la muerte, pensemos en la vida. En todo lo que aún podemos hacer. En todo lo que aún podemos transformar.
Y sobre todo, en todo lo que aún podemos dejar en el corazón de los demás.
Porque al final, eso es lo único que permanece.
Y quizás, solo quizás, esa sea la forma más hermosa de aplazar la muerte: vivir de tal manera que, cuando llegue, encuentre un legado que siga respirando por nosotros.
